viernes, mayo 12, 2006

miradas

Él no hizo más que mirarla. La contemplaba detenidamente, cuando ella estaba cerca y también cuando estaba lejos. La miraba recorriéndola con los ojos, reposando apenas, sin insistencia ni indiscreción. Era una mirada superficial, una caricia sin examen: él dibujaba con su vista la línea de los movimientos de ella, deambulaba entretenido por el arco de las cejas y el caer de los párpados, recorría con idéntica levedad la tenue curva de los labios, la piel blanca y el vaivén de las manos de dedos largos, se posaba en el mentón y en el lunar escondido, rozaba los dientes grandes y se perdía entre la sonrisa, para volver cada vez a los ojos. En algún momento, y con un movimiento brusco, retiraba su mirada (y también su cuerpo, que se sacudía hacia atrás), como percatado de pronto de que ella tenía que descansar de él o incluso como sofocado por el tantísimo placer que le traía la vista. Cuando estaban lejos uno de otro, ocupado alguno con un plato de comida, cargando otra vez la copa de champagne, charlando con los demás, él la miraba de reojo, furtiva pero intencionadamente. Después la recibía con una mirada tímida e insobornable: con el mentón bajo, sus ojos grandes se asomaban a ella por encima de la copa.
La mirada de ella, en cambio, era evasiva, intermitente, despreocupada. Era la mirada de la que se siente mirada (aunque no observada); era la mirada de la que se siente contenida por el candor de otros ojos; era la mirada de quien, admirada, vuelve los propios ojos hacia adentro, hacia sí misma, y simplemente se abandona a ser disfrutada.
Como pájaros que danzan el cortejo, las pestañas eran plumas capaces de mover el viento.

1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

hola Paula!! me encuentro fuertemente atraida con tus relatos!!! felicitaciones por ese gran don!! que seguro viene de familia!! muchos besos!!!

9:34 p. m.  

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