Para los demás, la diferencia puede parecer mínima.
Uno me acoge bajo su ala invisible. Nos movemos en un espacio común entre la gente y la distancia física no nos separa; sin embargo, esa distancia suele ser poca, muy poca, y el roce de su brazo con el mío es el gesto que actualiza de cuando en cuando nuestra callada conexión. En un momento yo estoy sentada por delante suyo, más cerca de esta gente que es su gente, y él está apenas unos centímetros por detrás; pero lo siento, es una presencia que me contiene. Su silencio para con los demás parece casi abstracción, desinterés por ellos; su silencio parece hablarme a mí desde otra dimensión, susurrarme palabras que no tienen sentido porque no existen, porque no son palabras, son halagos en forma de energía que yo absorvo por una ósmosis nueva, pensamientos que dicen “tú y yo” o algo así. Mientras calla, me contempla; siempre me está contemplando sin mirarme. No nos miramos; un par de veces nos regalamos una sonrisa grave que se congela unos segundos, intensa. Estamos estando sencillamente, sabiendo que cada uno está con el otro.
El otro, en cambio, no está conmigo. Y no es la gente que nos rodea lo que molesta. Molesta que él también me ha dejado unos centímetros por delante suyo, y me siento expuesta, como un florero con flores de colores aún por descifrar; los demás tienen que descifrarme, si mis colores les gustan, entonces le gustaré a él, si mi perfume (o mis palabras, es lo mismo) los atraen, entonces le atraeré a él. Me ha puesto a prueba. E intuir que estoy a prueba me inhibe, me aleja de mí y al mismo tiempo de él; no sé qué se supone que debo hacer o decir. En otro momento, él está sentado junto a mí; nuestros brazos se rozan pero es como si no lo hicieran. Él no mira sin mirar a este lado derecho en donde me encuentro, sino que dirige su mirada hacia delante, a sus interlocutores que lo entretienen, y su atención está ocupada en él mismo para con los demás. Entre mi gente, él está dando examen, y no he sido yo quien lo ha empujado a ese abominable escenario. En la intimidad tampoco me mira; los besos lo ocupan y nos ponen la sangre en ebullición, pero los besos sin ojos también nos distancian.