las chicas

Las horas del verano discurrían en el patio, en un ritual signado por la siesta de los adultos. Las chicas avanzaban lenta y sigilosamente por el salón y la cocina, después buscaban un sillón en el patio y lo ubicaban en el lugar más propicio al sol. No había indicaciones en la rutina trillada de todos los veranos. Cada una conocía el par de normas básicas y también el lugar de los objetos más habituales en la casa, de manera que, como las palabras no abundan en esos momentos de digestión y somnolencia, sin necesidad de pedir o advertir, podían moverse libremente por los espacios habilitados y proveerse de lo que querían. A veces hacía falta una lima de uñas y Mariana tenía que atravesar el territorio vedado de la biblioteca, abrir la puerta pesada del baño y revolver los cajones para conseguirla. El teléfono tenía un cable largo que se estiraba desde el interior de la cocina hasta la ventana que da al patio, para poderlo atender desde afuera. Había que bajar el volumen del timbre porque en una habitación contigua dormían los padres, y también dejar la ventana abierta para poder escuchar el timbre de la puerta de calle: siempre aparecía una trasnochada un rato más tarde.
Entre mucho silencio y bostezo había oasis de conversación en los que los mismos temas se sucedían aleatoria e insistentemente, como mantras capaces de inducir estados de conciencia, e inducidos ellos mismos por aquel estado de enzimas digiriendo el almuerzo y neuronas chamuscadas por el sol. En un tono monocorde se hablaba sobre cortes de pelo, tinturas y métodos de depilación, abdominales y glúteos, prendas prestadas, posibilidades de reforma de los modelos de años anteriores y las combinaciones más exitosas de la temporada. Había anécdotas y relatos de diálogos propios y ajenos, historias de amigos, novios y romances, los estudios y hasta grandes decisiones triviales sobre las que todas podían —y lo hacían— dar su punto de vista. Los asuntos se dilataban unas veces sin alcanzar el nudo o el final, decayendo por falta de énfasis más que de interés o por mero agotamiento. También había monosílabos, suspiros y hasta carcajadas contenidas en una mano caliente de sol y sudor.
Pero la charla no era la ocupación principal, y por eso tampoco dormían. Las chicas se mantenían atentas por sobre todas las cosas al ejercicio del bronceado parejo. A ello se dedicaban con un fervor callado. Cual insectos ociosos, en una coreografía digna de ser observada en picado cenital, durante dos o tres horas se daban vuelta intermitentemente sobre sí mismas, levantaban el mentón al cielo, estiraban el cuello a un costado y abrían las piernas o extendían los brazos con esa lentitud pesada de las tortugas. De ahí que fueran las nucas transpiradas y los estómagos tersos de juventud los que mejor aseveraban en el diálogo. Con los ojos cegados por la luz y el cuerpo ocupado en el bronceado, las chicas eran sólo oídos y, a veces, bocas parlantes.
A partir de las cinco, cuando casi religiosamente podía darse por acabado el sigilo de la siesta, la tarde en el patio se iba vivificando. Entonces las conversaciones subían el volumen, las chicas abrían los ojos y adoptaban una posición más vertical y se aceleraban las idas y venidas entre el patio y la cocina para preparar el mate.
En esas lejanías australes, donde se sabe del agujero en la capa de ozono como de los agujeros negros del espacio, capaces de devorar la materia, ellas se dejaban calcinar todos y cada uno de los días del verano. Quizás los efectos dañinos del sol empiecen a preocuparles ahora, cuando ven acercarse los treinta y se intuyen con fecha de caducidad. Pero también es bastante probable que sigan cultivando el vicio chamuscador: muy bien se sabe en esos pueblos australes que el sol de las tardes de verano consigue derretir el tiempo.

1 Comments:
Las tardes ahora empiezan a las 5, con mucho protector, bastante sombra y niños corriendo y jugando alrededor ... Es la mezcla de los casi 30 con el sol que perfora la piel y quema hasta los huesos...
Gracia hermanita por tan lindos recuerdos!
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